Un escudo para la vida

Quien sale a la calle debe blindarse con un escudo. No uno físico claro, sino mental. Tener uno sirve como garantía de protección frente a todo lo surrealista que pasa allá afuera. Las posibilidades son infinitas y siempre habrá algo que te sorprenda. Negativamente, por supuesto.

Sí, estar en la calle es horrible… pero eso no es algo particularmente nuevo. Venezuela se ha convertido en algo raro. En ella coexisten, en número similar a personas, millones de universos paralelos. Cada uno armado con sus preocupaciones, deseos y un mayor o menor número de indiferencia respecto a lo que les rodea. Hay quienes afirman, bajo una mirada de tristeza y un poco de melancolía, que en ciertos momentos llegan a sentirse extranjeros en su propia tierra.

Para quien quiera ver un ejemplo de la debacle humana, los autobuses son un buen lugar para comenzar. Detrás de los sucios vidrios con mensajes sexuales (El “tu mamá fue mía” es un clásico), se encuentran los rostros de personas que ni siquiera saben que sentir cuando se montan en estas unidades, ocupadas hasta colapsar. Todo esto acompañado por la impetuosa voz de Maelo Ruiz, quien asegura insistentemente y como si de su vida dependiera de ello, que a alguien “le va a doler”

Veo, en los rostros de los conductores que van a sus casas o trabajos, el mismo sentimiento: la ya habitual incertidumbre de qué pasará en un futuro. El costo de las cosas, la inseguridad y la vida misma forman una especie de ruleta rusa que, tal como diría Héctor Torres, te da dos turnos seguidos para jugar.

Ellos solo quieren llegar a sus hogares, disfrutar un trago y echarse a ver la televisión. Algo que puede parecer insignificante, pero en Venezuela es mucho más de lo que parece.

Los jóvenes, esos que con su explosividad y alegría animaban cuando los ánimos estaban bajos, ya no están. Emigraron. Algunos hasta lo hicieron quedándose aquí, siendo parte de un futuro gris, inconformes, perdiendo la esperanza. Otros tienen que conformarse viviendo sus días en una celda, observando el día a día a través de unos barrotes e incluso, en muchos casos, ni siquiera. ¿Su delito? Pensar diferente al gobierno, el camino más rápido para estar tras las rejas. Sus madres, esas que los criaron jalándoles las orejas, regañándolos cada vez que llegaban tarde de una discoteca o por comerse la leche en polvo con azúcar (dulce néctar de los dioses), mueren cada día, a veces sin saberlo. Tienen una tristeza crónica que, aunque pueda parecer poético, suele estar relacionada a su dolencia. Diabetes, tumores, cáncer. Cada una de ellas peor que la anterior, es respondida por los médicos con la frase aprendida de memoria: “no contamos con los reactivos necesarios para tratarla.”

Los ancianos, que antes tenían una alta esperanza de vida, se han visto obligados a despedir a sus hijos y nietos. A veces, en un aeropuerto o en la comodidad de una funeraria, parte de la cruel lotería en la que sin querer estamos participando. Sus familiares tienen que hacer malabares para conseguir las medicinas que necesitan mientras que los que están más allá de nuestras fronteras deben resignarse a recibir los típicos informes, esas charlas impersonales que suenan tan lejanas, esperando no escuchar, al menos por lo pronto, ese fatídico “Hermano, papá murió” que reafirmaría ese temor a no estar, a no poder acercarse rápidamente o simplemente teletransportarse. ¿Por qué todo tiene que ser tan malditamente difícil?

En fin. Hay tantas cosas que pudieran escribirse sobre lo que pasa allá afuera, en nuestro país, pero la verdad es que cada uno de nosotros sabe lo que arriesgamos cada vez que salimos a la calle. A fin de cuentas, se trata de una batalla que libramos a diario y en la que podemos sentirnos victoriosos, por, al menos, ver nacer otro día.

Published by alvarezgcarlos

Entusiasta del arte, fanático del cine y escritor de a ratos.

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